
Hasta entonces, para los ecuatorianos pobres, la Madrepatria vivía muerta en el himno nacional o como una reliquia de la historia escolar y el mundo era una abstracción que empezaba en los linderos de la aldea. O existía solamente en el espacio virtual de la televisión. Pero tal era la oscuridad que por allí se hizo un boquete de luz, así es que a tientas, a empujones, vendiendo el alma al diablo a precio de huevo, buscaron la salida de la patria y se largaron por los aires o los mares, unos espantados, todos zombis, hasta aterrizar en la puta madrepatria.
Desde entonces, sin saber leer ni escribir, centenas de miles de migrantes andan escribiendo hasta en la noche, hasta en la tumba, la nueva historia ecuatoriana y, de paso, la nueva historia española. Para muestra basta un montón de muertos en España o a nombre de ella en sus guerras. La sangre suele inaugurar, ya sea el comienzo o el fin.
La migración está generando el nuevo imaginario literario, plástico, dramatúrgico. La nueva cultura ecuatoriana. El nuevo mestizaje que algo tiene de atávico y de recuperatorio. Analfabetos, semiescueleros, poscolegiales, universitarios, exprofesionales, miloficios, vagos por desgracia o por oficio, farsantes hastiados, negociantes sin estrella, truhanes sin salida, chapas rasos, obreras y decenas de miles de mujeres (que aparte del yugo de ser mujeres maltratadas en su hogar, han sido y ya no serán domésticas, ergo ya no serán víctimas de la llamada "esclavitud moderna" que de manera ciega se practica y se acepta por mayoría absoluta y hasta se incentiva en Ekuador), encontraron en España el sentido de la vida y de la muerte, que es, a la final, la misma moneda.
El barrio más grande de varias ciudades españolas podría llamarse Ecuador, a mucha honra. Pero eso no es posible porque los ecuatorianos son una diáspora y como tal están en todas partes y todos les pueden ver. Parecen hormigas en pista de carros chocones. De manera minuciosa y sincronizada suben, bajan, entran, salen, caminan, se paran, se escabullen llevando un estruendoso silencio que circunvala el zumbido gutural de los españoles. Un silencio que se triza violentamente cuando entran en los locutorios y se conectan al cordón umbilical que les devuelve a la tierra-mama. Entonces si se los oye, a gritos, a lloros, a silencios, a clamores y disputas, recuperar la intensidad existencial de su palabra y el sentido de la soledad y el desarraigo. Toda un epifanía que al salir del locutorio vuelve a ser silencio penetrando como un cuchillo en el zumbido gutural de España.
Así es la vida y eso cuesta. Y allí están trabajando de lo que fuera, con papeles o al filo de la navaja.
Allí, también, está la Alcancía, por si acaso. La Alcancía que, como su nombre lo indica, es la reina del hampa de baja ralea y que felizota de la vida asentó una de sus nalgas reales en Madrid y la otra en Barcelona. Casi en hombros, puesto que pesa como una campana, llegó y se dispersó por España con sus ahijados y cachifes y una parte considerable de sus huestes de malandros. Allí, desde hace algunos años está haciendo su agosto todo el año con sus filiales del robo callejero, la prostitución, la droga al menudeo, el subalquiler de vivienda por pulgadas, los préstamos al chulco para los meados por el diablo.
Pero también están los Latin-King, esos ángeles de bronce que hubieran entrado intactos al imaginario de Buñuel. Ejercito de ángeles sublevados como los de Mishima, que para espantar al miedo cultivan el honor más que el rencor. Ángeles expulsados de la jungla española, embajadores secretos de la Gran Venganza de los Abuelos, expandiéndose dentro del monstruo que los devoro. Ángeles más que iracundos melancólicos. Niños abandonados en la discoteca cósmica de la historia, del próximo milenio, entrando en su destino de ser los primeros hijos del suelo ajeno. Los primeros hijos del suelazo que tuvieron que vivir sus padres para salvarse.
En ellos, en sus cuerpos, en su lenguaje, en sus corazones, estallara el fuego que impedirá que se vuelvan ceniza. Los Latin-Kings. Los Reyes Latinos, en el Imperio de la Nada, amparados por una estrategia casi lúdica hecha de normas preservatorias y depredatorias y jerarquías indias. Todo un juego de huérfanos de la guerra preparándose para ella. Porque ya lo saben y en carne propia que España no es el Dorado sino un campo de batalla.
(Huilo Ruales Hualca)


