Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
El jefe de clanes hace un llamado a cada clan para que demuestren su fortaleza como jefes de clan, ha hecho sonar el tambor y ningún líder de tribu puede mostrar debilidad ante él, ya que eso sería dar a entender que se está llevando mal a la manada, no se debe mostrar signos de impotencia alguno, ante otros jefes de clan (presidentes, generales, dueños de empresa, etc.) ante posibles aspirantes a jefes de clan (aspirantes a presidente, etc. etc.) y mucho menos ante el grueso de la población. El tambor ha sonado y dice no muestres debilidad por que el poder patriarcal está en riesgo…
Hay que partir de algo bien concreto, las estructuras legales han sido construidas por hombres (varones), para incluir por dentro a quienes consideran iguales, así como para contener y dejar por fuera al grueso de la población (mujeres, niños, ancianos, tullidos, opción sexual distinta, etc.), de ahí que los regímenes discursivos hayan metamorfoseado hasta dar una impresión inclusiva, igualitaria, liberal; no quiere decir que en sus núcleos no se mantengan intactos.
Tenemos que los regímenes legales, constitucionales se fundan en la palabra escrita, en el acta, el documento, la firma que da sentencia; no nos olvidemos que quienes mantuvieron el control de la palabra escrita en occidente durante más de diez siglos fue la iglesia y por tanto los hombres, que en el Ecuador hasta bien entrado el siglo XX eran los hombres quienes tenían el control de la grafía, que en el año 78 se otorgó el voto a los analfabetos (que en la práctica era el voto a los indígenas), que el acceso a la palabra pública era facultad del blanco.
Por tanto, el manejo de lo público en sus dos acepciones, como vida en la calle y como manejo de lo legal, ha sido históricamente construido desde, por y para los hombres, agravado en países con fuerte presencia indígena-negra que siempre fueron vistos como mancha borrosa, como lo excluible (indios vagos, negros perezosos) a sabiendas de que no podían eliminarlos físicamente pero sí discursivamente, menospreciarlos hasta dejarlos en siluetas difusas.
La palabra legislativa oficial se afianza en el control de sus periferias, de sus pobres; en el acceso controlado y a medias de la palabra escrita y de los números para que dejen de ser bestias de carga como lo habían sido hasta entonces y para que puedan entrar a trabajar en mejores condiciones. No es que las élites se vuelven más chéveres, sino que la mano de obra semigratuita que les da de comer debe adquirir otras habilidades para que sean más productivas; “la letra con sangre entra” se vuelve condición indispensable para que los más ricos lo sigan siendo.
Mas allá del régimen narrativo que se sigue fundando en el documento, la palabra escrita que sentencia y firma el futuro de sus integrantes; tenemos el régimen coloquial, las prácticas discursivas cotidianas que es donde se plasma el “como quien no dice nada” en el sentido común, anquilosado, petrificado en nociones aparentemente poco pensadas pero por eso mismo muy “naturalizadas”.
La democracia en este sentido sería una ficción que opera en tiempos de paz, cuando la hegemonía cumple su papel a rajatabla, es decir, validando los intereses de una minoría como que fueran los de una mayoría, la democracia vendría a ser “lo normal” de la exclusión. El patriarcado en tiempos de paz no se muestra, se invisibiliza para que las cosas caminen. En cambio asoma con toda su brutalidad en tiempos de crisis, (salen los ejércitos a las calles, la iglesia se pronuncia), se devela, deja ver aquello de lo que está hecha la democracia: de sangre, represión tapiñada de la inconformidad y de varones.
Medios y naturalización de la dominación.
Si antes la palabra escrita estaba en manos de la aristocracia y la iglesia, las imágenes hoy en día, se encuentran en manos de los grupos de poder económico (o sea de los mismos), por tanto, el acceso a lo mediático también se da en términos excluyentes puesto que se construye en torno a un deber ser ideal (blanco, católico, hetero) para no entrar en condición de crónica roja, sino en condiciones “estético-ideales”. Las propagandas por su parte apelan a ese deber ser de familia nuclear y en situaciones arquitectónicas específicas por así decirlo (cocina de tal forma, patio, jardín, carro, etc.) Para analizar esto, no está demás retomar las Mitologías de Barthes para entender como se recurre perennemente a un “como debe de ser” en la cual la mayoría de pobladores de este país no se encuentran en posibilidades de calzar sino de manera apretada, “entrecomillada”.
Los cruces de raza, clase y género están presentes de manera permanente a todo nivel, desde la presidencia de la república (infantilizando, choleando, homomenospreciando, desestimando la posibilidad de pensar con cabeza propia) y esto va por decirlo así descendiendo[1] progresiva y simultáneamente a otras instancias, (presidencias, alcaldías, colectivos, familia, pareja, psique) que con los elementos naturalizadores de la dominación (Bourdieu) se permean y petrifican de tal forma en el lenguaje, que valida a lo sabio patriarcal haciéndolo ver como el “así es, no podría ser de otra manera”.
En ese sentido vemos que los medios reproducen de manera permanente e incansable estas estructuras de rearraigo de la tradición (Thompson) y de las naturalizaciones imaginarias de la desigualdad social (Wortman). De ahí la necesidad de la paz, de la ficción democrática.
Marcadores que naturalizan:
Por su parte los medios y prácticamente todos los actores sociales operamos sobre marcadores que descalifican y califican permanentemente lo válido, esta es una constante social que se vive sobre la base de la estereotipación al infinito de lo que nos rodea, del no reconocimiento del otro como igual, sino de la desestimación perpetua y de la simplificación eterna de las diferencias.
A continuación escribo algunos ejemplos, sin llegar a agotarlos de cómo en la práctica mediática -o no-, se dan estas reducciones:
Cuando intentas menospreciar a alguien lo feminizas y al hacerlo lo desprecias, pero muchas veces lo adjetivas de maricón (con todos sus posibles significados), es decir, lo vuelves débil, inconstante, ambiguo, poco serio. Al transformarl@s en maricones de fondo se muestra un profundo desprecio por lo femenino, ya que lo vuelves sinónimo de algo o alguien inferior a quien no se le puede respetar como a un igual.
Así mismo los ancianos, que solo aparecen con su caminar lento en el día del padre/madre como estrategia de marketing o en asilos mostrándolos como seres en descomposición, abandonados como que la vejez chira fuera peor que la gripe AH1N1. ¿A alguien se le ocurrió llamar alguna vez a Joyce de Ginatta, León Febres Cordero o Sixto Durán Ballén, venerables ancianos? La ancianidad es un adjetivo que se incrusta en la definición de las personas en relación directa con la capacidad económica de las mismas.
Cuando se apela al discurso ciudadano, pongamos como ejemplo la educación pública, que desde fines de los años 60 ha sido una constante sin parar, el asedio en contra de la misma. ¿Qué tenemos entonces? Los medios por un lado, el gobierno por otro han sido persistentes en generar un sentido común antipúblico, tanto medios como gobierno tienen una misma orientación naturalizada de clase con intenciones distintas ¿No será que en el fondo hay un profundo odio racial contra ciertas clases medias venidas desde abajo? A las que no aún no se les borra lo indio de la cara, (maestros, ejército, burocracia media) A las cuales hay que desestimar, menospreciar, vituperar por no provenir desde el canon blanco-hegemónico o dicho de otra manera por no ser racionales, educados.
Y más triste aún ¿No es acaso un odio a nosotros mismo?, como ejemplo pregunto: ¿Qué propaganda está hecha con indios, negros? sin que sean tratados como folclor, como parte de las “bellezas naturales/ancestrales”.
Fuera de lo contemporáneo, habitan en postales para el recuerdo; convertidos en seres tontos y anodinos dignos de la risa a sus costillas (como Moti o como se aborda a los negros en cualquier serie televisada), dioses de los músculos y las curvas, aptos para un instante de placer; o héroes del Olimpo deportivo (pero cuando fallan un gol se regresa al negro bruto). Pero nunca seres humanos a secas, sin epítetos que los simplifiquen hasta dejarlos en mera animalidad brutalizada o sexualizada.
No se hable de los informales, de los descamisados, de los indígenas que solo aparecen en casos de extrema indigencia o en linchamientos comunales, afirmando tácita y permanentemente desde los medios: esos no somos nosotros, esos son ellos; por tanto hay que alejarse de la barbarie lo más que se pueda.
Tenemos que la criminalización, violentización de lo no blanco, lo pobre-lo indio-lo indigente-la falta de infraestructura; se vuelven sinónimos. Por tanto, los pandilleros son producto de la falta de valores en su casa, padres maltratadores y no un problema estructural. Se individualiza la culpa como diciendo todo está bien, el problema no es de inequidad socio-económica sino de promiscuidad tercermundista.
Por otra parte tenemos que esa ridiculización, esa reducción a términos esencializados, guarda estrecha relación con esa consideración estereotipada que tenemos del otro. Una salvajización naturalizada e inentendible por parte de quien lo lee (pues muchas veces no se da cuenta que lo hace) y esa necesidad de empezar a explicar a salvajes-niños chiquitos (es que no saben pobrecitos) por la vía de la infantilización y de la descalificación perpetua.
Habría otras formas de poner en evidencia el patriarcado: la intransigencia, el poder patriarca no “dialoga” si es que no depones alguna medida de hecho (una huelga), se menosprecia la capacidad de respuesta de quienes exigen algo, se posmoderniza, es decir, se les quita todo tipo de densidad histórica (las barras bravas no son propias de este país) y al mismo tiempo se sobredimensiona el tiempo de quien lo enuncia: todo tiempo pasado fue “ÉL” tiempo. No está demás decir que simultáneamente hay actos de ridiculización denigrantes y descalificadores que refuerzan todo lo que se dice en contra de quienes se lo hace.
Decir que detrás de eso hay alguien, la influencia se sobredimensiona y al hacerlo se los infantiliza (desde la derecha se dice que Correa está mal influenciado por Chávez y por ese socialismo anacrónico, Correa dice que los maestros (mediocres) y los ecologistas (infantiles de izquierda) están mal asesorados; el rector de la UCE dice que detrás están los chinos, las mamas dicen que sus hijos toman porque tienen malas amistades y así sucesivamente la psicología conductista nos dice que somos vagos por que no erradicamos nuestra parte india.
Con todo lo dicho, podemos acortar diciendo que operamos al interior de sentidos comunes aparentemente desconectados entre si, pero que funcionan como generadores de realidad de manera profundamente excluyente, permanente y, por tanto, casi siempre naturalizados. El sentido común para decirlo de manera rápida sería: Aquello con lo que vemos pero no lo vemos porque es lo que usamos para ver.
Democracia, sentido común y medios.
Se infantiliza y se ancianiza es decir se llega a una especie de medianoetarización de quien enuncia naturalizadamente, hay un rango de edades que hacen que la palabra dicha en ese espectro se valide, siempre y cuando obviamente cumplas los otros requisitos, color de piel, urbano (pero no de las periferias económicas), preparación académica, ropa utilizada, lenguaje que se emplea, etc.
La edad mediana (con una tendencia a seguir bajando el rango de edad) y la democracia van de la mano: democracia y mediocracia (en tanto gobierno del medio y en tanto mediocridad como gobierno de los sentidos comunes) son el nifu nifa de los tiempos de paz. Por otra parte los estereotipos del patriarcado y las acciones que utiliza para justificarlo son múltiples y variados pero se los reconoce por que empiezan a operar en la medida que te acercas o alejas del canon y lo que es peor: uno mismo genera lenguaje desde ahí asumiendo que de alguna manera te encuentras dentro del canon.
Bernardoabadización del pensamiento (“como debe de serr” implica pensar desde las estructuras hegemónicas), Estibenniguachosización de la palabra (lo ciudadano desde la joda menospreciante)
Con todo lo dicho tendríamos que los medios amplifican el sentido común hegemónico y excluyente, la democracia lo naturaliza y el patriarcado se perpetúa.
Ahuecando el ala.
Las prácticas mediáticas están trazadas en una línea de exclusión muy profunda donde poco son los llamados y menos aún los elegidos. ¿De qué revolución ciudadana hablamos si las acciones mismas no se desmarcan de fronteras simbólicas excluyentes, profundamente patriarcales, androcéntricas, infantilizadoras, homofóbicas y racistas?
Para terminar podría decirse que si se quiere ir en contra del poder establecido hay que tener en cuenta que no se debe ni se puede hablar, actuar, pensar con los mismos lenguajes ya que eso valida, perenniza y responde de la misma forma que los jefes de la manada quieren que lo hagas, es decir, quitando la posibilidad de que emerjan como sujetos políticos, válidos y autónomos.
Los movimientos alternativos actuales pueden/deben/tienen que intentar pensar formas y actos distintos de construir política sin borrar la memoria histórica ni olvidar como opera el poder en su materialidad e incluso valiéndose de muchas tácticas utilizadas por este, pero también pensando en que el lenguaje aprisiona y petrifica.
[1].- Este descendiendo es metafórico, pues se da en ambas direcciones (de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba) de manera compulsiva y permanente, desde y hacia muchas partes.
Tomado de la página web del Ministerio de Cultura, Ecuador
(28-11-2008)
HUILO RUALES HUALCA
Sobre una torre de hierro de más de cincuenta metros, al pie de Las Ramblas, vive encaramado desde hace siglos Cristóbal Colón. A veces, se lo ve sumido en una soledad espantosa, en medio de ese embrollo de avenidas congestionadas. Y siempre, pero siempre, en tanto viejo marinero, se lo ve mirando al mar que delante suyo se desenrolla como un espejo perforado de embarcaciones y de estrellas. Y hacia allá señala su índice con determinación, como diciendo: Mirad, al otro lado del mar nos espera el Dorado. Aunque actualmente pareciera decir: Mirad, desde el otro lado del mar vienen en busca -o a recuperar algo- del Dorado.
Colón no suele equivocarse. Ni Juan Rulfo, que además de ser uno de los grandes maestros de la literatura hispanoamericana, es profeta. La evidencia está, por ejemplo, en el inicio de su gran novela Pedro Páramo: "Fui a Comala porque me dijeron que allá vivía un tal Pedro Páramo". Quien lo dice es uno de sus innumerables hijos, llamado Juan Preciado. EI hijo, efectúa el viaje en busca del padre que vive muerto en Comala. Ir en su busca tiene una pretensión sustancial: cerrar el círculo, eliminar el abismo que ha dejado el ultraje a la madre, la orfandad, el abandono. Metáfora perfecta de la historia que une y separa a España con Latinoamérica. El colonizador llegó, expolió, inseminó y arrancó la lengua -es decir, la memoria, la cultura, la identidad- y entonces se hizo el silencio que es la peor ceguera. Pero el padre deja en la madre el hijo y este se apropió de su lengua. Esa fue la herencia fundamental. Y un día, cuando arrasó la desesperanza, cientos de miles de ecuatorianos, que hacen el Juan Preciado, con las manos vaídas pero armados de la lengua paterna, hicieron el camino en su búsqueda. Y llegaron a España.
Hasta antes del 90, los latinoamericanos que llegaban eran estudiantes de la clase media o gente huyendo de las fauces militares, o, casi en calidad de fantasmas melenudos y malcomidos, los poetas nómadas.
De ecuatorianos no había ni la sombra.
La sola migración ecuatoriana provenía de la clase media pauperizada y tenía un solo horizonte que era Yankilandia. Pero los ecuatorianos pobres no tenían horizonte, ni siquiera sabían que existía a menos que fuera un abismo. La esperanza era un artefacto obsoleto, conforme lo dictan las sectas, un ticket solamente usable en la vida eterna para lo cual era indispensable primero vivir en la mierda y después morirse y entonces sí, ticket en mano, ponerse en la fila. De tal manera que el presente era esa cosa angosta como ascensor sin techo ni piso, llamada sobrevivencia. Sobrevivir como fuera, a gatas, a tientas, e incluso arranchando la vida ajena. Y así estaba la situación cuando ocurrió una ráfaga de su gobierno, que sin durar mucho tuvieron el tiempo de sobra para erigir la crisis económica más grande de la historia ecuatoriana. Entonces sí, se desfondó la realidad y se desató la desesperación y casi la antropofagia, y los pobres fueron cayendo en el abismo. Y en esa caída estaban cuando un rumor entre tanta farsa tomo cuerpo y se hizo bola de nieve, o más bien de fuego: había salvación sin necesidad de morirse. Y tal milagro, era posible en la mera España.
Hasta entonces, para los ecuatorianos pobres, la Madrepatria vivía muerta en el himno nacional o como una reliquia de la historia escolar y el mundo era una abstracción que empezaba en los linderos de la aldea. O existía solamente en el espacio virtual de la televisión. Pero tal era la oscuridad que por allí se hizo un boquete de luz, así es que a tientas, a empujones, vendiendo el alma al diablo a precio de huevo, buscaron la salida de la patria y se largaron por los aires o los mares, unos espantados, todos zombis, hasta aterrizar en la puta madrepatria.
Desde entonces, sin saber leer ni escribir, centenas de miles de migrantes andan escribiendo hasta en la noche, hasta en la tumba, la nueva historia ecuatoriana y, de paso, la nueva historia española. Para muestra basta un montón de muertos en España o a nombre de ella en sus guerras. La sangre suele inaugurar, ya sea el comienzo o el fin.
La migración está generando el nuevo imaginario literario, plástico, dramatúrgico. La nueva cultura ecuatoriana. El nuevo mestizaje que algo tiene de atávico y de recuperatorio. Analfabetos, semiescueleros, poscolegiales, universitarios, exprofesionales, miloficios, vagos por desgracia o por oficio, farsantes hastiados, negociantes sin estrella, truhanes sin salida, chapas rasos, obreras y decenas de miles de mujeres (que aparte del yugo de ser mujeres maltratadas en su hogar, han sido y ya no serán domésticas, ergo ya no serán víctimas de la llamada "esclavitud moderna" que de manera ciega se practica y se acepta por mayoría absoluta y hasta se incentiva en Ekuador), encontraron en España el sentido de la vida y de la muerte, que es, a la final, la misma moneda.
El barrio más grande de varias ciudades españolas podría llamarse Ecuador, a mucha honra. Pero eso no es posible porque los ecuatorianos son una diáspora y como tal están en todas partes y todos les pueden ver. Parecen hormigas en pista de carros chocones. De manera minuciosa y sincronizada suben, bajan, entran, salen, caminan, se paran, se escabullen llevando un estruendoso silencio que circunvala el zumbido gutural de los españoles. Un silencio que se triza violentamente cuando entran en los locutorios y se conectan al cordón umbilical que les devuelve a la tierra-mama. Entonces si se los oye, a gritos, a lloros, a silencios, a clamores y disputas, recuperar la intensidad existencial de su palabra y el sentido de la soledad y el desarraigo. Toda un epifanía que al salir del locutorio vuelve a ser silencio penetrando como un cuchillo en el zumbido gutural de España.
Así es la vida y eso cuesta. Y allí están trabajando de lo que fuera, con papeles o al filo de la navaja.
Allí, también, está la Alcancía, por si acaso. La Alcancía que, como su nombre lo indica, es la reina del hampa de baja ralea y que felizota de la vida asentó una de sus nalgas reales en Madrid y la otra en Barcelona. Casi en hombros, puesto que pesa como una campana, llegó y se dispersó por España con sus ahijados y cachifes y una parte considerable de sus huestes de malandros. Allí, desde hace algunos años está haciendo su agosto todo el año con sus filiales del robo callejero, la prostitución, la droga al menudeo, el subalquiler de vivienda por pulgadas, los préstamos al chulco para los meados por el diablo.
Pero también están los Latin-King, esos ángeles de bronce que hubieran entrado intactos al imaginario de Buñuel. Ejercito de ángeles sublevados como los de Mishima, que para espantar al miedo cultivan el honor más que el rencor. Ángeles expulsados de la jungla española, embajadores secretos de la Gran Venganza de los Abuelos, expandiéndose dentro del monstruo que los devoro. Ángeles más que iracundos melancólicos. Niños abandonados en la discoteca cósmica de la historia, del próximo milenio, entrando en su destino de ser los primeros hijos del suelo ajeno. Los primeros hijos del suelazo que tuvieron que vivir sus padres para salvarse.
En ellos, en sus cuerpos, en su lenguaje, en sus corazones, estallara el fuego que impedirá que se vuelvan ceniza. Los Latin-Kings. Los Reyes Latinos, en el Imperio de la Nada, amparados por una estrategia casi lúdica hecha de normas preservatorias y depredatorias y jerarquías indias. Todo un juego de huérfanos de la guerra preparándose para ella. Porque ya lo saben y en carne propia que España no es el Dorado sino un campo de batalla.
Al final le matan calas, es lo que te diría algún primo aguafiestas que ya se vio la peli. Para hablar de Impulso hay que hacerlo contando el final, pues aunque tenga ciertas bondades fotográficas y pueda mantener el suspenso en buena parte de la película, es de aquellas producciones en donde todo ya está contado, dicho, preformateado; cuando parece que va a romper el molde, todo regresa a su cauce, al orden “natural” de las cosas.
Una chica del sur -Jessica-, que estudia en un colegio público, incomprendida (si no eres incomprendido para que eres joven), apurada por estar y por llegar a ninguna parte, -freak o rara como pretende serlo la gran mayoría- decide un buen día que está cansada de la ciudad, de sus amigos, de su familia y parte hacia el campo, en busca de su padre y en ese hacerlo (la película se pierde en otras disquisiciones) se encuentra con aquello que andaba buscando. Esa sería, poco más poco, menos la sinopsis oficial de la cinta. Ahora intentemos desmenuzarla:
Lo joven, entendido desde la incomprensión eterna, desde el ser sureña, desde la ebriedad “ontológica” de los rockeros; cargada de estereotipos hasta la saciedad en su abordaje. Llena de clichés, sino estás en la Alameda y no comes chancrosas (si es que eres adolescente claro está) no eres del sur; dentro del imaginario norteño del director eso es ser joven del sur.
También da la impresión que ser jovensureñorockero, tener una madre migrante y un padre que abandona son sinónimos, (de ahí su rebeldía cachas) Jessica vive con su abuela (que la quiere, para que más están las abuelas) y su tía que todo el tiempo está en contra de ella; un buen día la Jesi se cabrea y decide ir en busca de su padre, entonces deja botando los cuadernos que vendría a ser, un romper con la institución (urbana-escolar-familiar) y empieza a buscarlo, una introspección hacia un mundo rural que mas parece un viaje a un Spa por Papallacta, donde haces rafting, trekking, biking, montas a caballo por la módica cuota de…
Obviamente cuando llega, sus tíos no entienden su facha, les parece una marciana que en el mejor de los casos la pueden tolerar, porque es su sangre, (lo evidente y los esencialismos en está película están a flor de piel) Encuentra a su primo que vive en el campo a quien se le sale el !O sea huevón¡ (y si no los dice los piensa) cada que abre la boca. No puede ser peor actor el pobre. Al paso te das cuenta que entre ellos nace algo (a la prima la pierna encima, ichi, ichi)
Me pregunto: Será que la realidad es tan encasillable o será que lo que tenemos a mano para imaginárnosla es tan poco…
Tiene un buen ritmo, eso no hay que negar, hasta muy avanzada la película no te das cuenta de que está pasando y te enganchas en esa suerte de suspense repetido hasta el cansancio en las películas japonesas con espejos tapados, espejos que se rompen y puertas que se cierran. Por otra parte, la fotografía está muy bien, las tomas están muy bien manejadas y no es paisajista (como otritas) a lo mucho tiene una playita del amorrr, pero no es redundante ni excesiva en mostrar la naturaleza.
En cambio el manejo de lo onírico, de los sueños, del coma, de los reflejos de espejo; no es que se los aborda de manera compleja, sino que la edición es hecho pelotas y resulta un champus al intentar desenhebrar que mismo pasa, de ahí un poco la confusión que genera la peli, haciéndote creer que es densa, cala.
El punto es que el primo está en coma y solo ella lo ve, pero ella no sabe que está en coma y sus tíos no le cuentan (un tanto sacado de los pelos) poco a poco se van sumergiendo en una relación sentimental, en donde ella y él tienen relaciones en un plano astral, de donde se puede inferir que o él es muy denso porque se puede materializar o ella es muy leve y se desmaterializa, o sencillamente ella está loca. Pero aquí se complica porque los tíos también saben y es por eso que no destapan los espejos, entonces como resultado tenemos que es una familia de locos, que puede ver a los muertos a través de los espejos y que además se mueren en el agua.
Mientras transcurre su vida en el mundo rural (por encame de su tía, -la de hacienda no la de ciudad-) poco a poco va cambiando su estética, primero serán unos zapatos, luego será un pantalón, al final también la blusa, y lo que podría haber sido un recambio interesante con respecto a la perspectiva de la muerte, es decir, la muerte te encuentra vestido de colores. A su regreso a la ciudad …se vuelve a enfundar las botas negras y el jean viejo, es decir, morirá con las botas puestas, con el atuendo necro, con el estereotipo del rockero.
O también en el caso de esta filmación, puede entenderse, como una metáfora del abandono progresivo de la ciudad decadente (negra, bizarra) y un llegar al campo paulatinamente con colorinches.
Dentro de la simbólica católica cristiana lo negro representa la muerte, el luto, el dolor; el movimiento rocker de alguna manera se acoge a esa estética; en la peli la chica se viste de negro y parecería buscar la muerte, aunque eso no es exclusivo de l@s rocker, es más un síntoma de la época (estar bajón, sentirse solo, todo vale verga, nadie me entiende todos me odian mejor me como un gusanito) En todo caso aquí es donde le encuentro sentido al título de la peli, es el impulso que hace falta para saltar -hacia el otro lado del espejo o hacia el agua-, si es que eres incomprendido.
Un poco el mensaje que queda y que es el subtítulo de la película: el que busca encuentra, ¿Qué busca? ¿Quién busca a quien? ¿Qué encuentra? Pues si eres joven rockero sureño desubicado y no hallas tu lugar en la tierra, por tanto quieres morirte y lo vas a lograr si realmente lo deseas; haciendo todas las salvedades del caso, te queda un poco la idea de que el que es rico, rico se queda y el que es pobre de igual manera; de pronto da la sensación de que habría una sobredeterminación socio-histórica para encontrarte con la muerte o para ser un looser, ¿Tendrá eso que ver con ser sureño?
Para ir terminando, tenemos que hay un tributo sostenido a la morfología de la protagonista y sobre todo a la parte posterior de la misma (a su rabof, a su rabof déjate de…) no es exagerado decir que más de la tercera parte de la película se dedica a resaltar las bondades que dios le entregó (el Gym y la comida sana para ser exactos).
¿Y al papá lo encontró? Hay no se, al final salen unos piececitos descalzos y proyectados en un espejo pero como parte de un sueño, o sea, que mas claro quien sabe, en todo caso puede dar para profundos devaneos Lacaniano-heideggerianos post-elixires lujuriosos, con respecto al agua, los sueños, los espejos y la muerte. ¿Pero lo encontró o no? No se.